Cambio de
dirección. De vida. De futuro. Todo llega. Todo
pasa.
Un buen día
confías. O no tanto como crees, pero arriesgas. Una vida correcta, un ambiente
correcto, un futuro pensado. Pero aparece algo que hace que tus esquemas
cambien. Se renueven. Se ilusionen. Y tienes miedo… y dudas. Pero te sorprendes
a ti mismo con todos tus pensamientos en él. Y tus actos. Y sus consecuencias.
Y finalmente
piensas: y si tiene que ser él? Si mi cuerpo mi mente mi vida me lo están
pidiendo a gritos… porque negarme?
Dejas de vivir para los demás y comienzas a vivir para tí. Para lo que tú crees. Y piensas que nada puede fallarte. Y te dejas hacer, te dejas llevar, te entregas.
Dejas de vivir para los demás y comienzas a vivir para tí. Para lo que tú crees. Y piensas que nada puede fallarte. Y te dejas hacer, te dejas llevar, te entregas.
Inevitablemente
si las personas tenemos una característica general e innata, esa es la del
fallo.
Fallamos y volvemos a fallar. Pero eso que sientes dentro del corazón y te oprime, te pide un nuevo intento. Y sientes que jamás dejarías de intentarlo.
Fallamos y volvemos a fallar. Pero eso que sientes dentro del corazón y te oprime, te pide un nuevo intento. Y sientes que jamás dejarías de intentarlo.
Luchas y creces. Creces como persona y comienzas a aprender a querer. Tus miedos se disipan y te crees capaz de todo. De todo.
Y entonces viene la idiotez típica. La fase en que quieres contárselo al mundo entero, que eres feliz, que has encontrado a la persona de tu vida. Con la que ves un futuro y un presente. Con la que no sabes cómo has podido vivir sin ella todo tu pasado.
Y creáis.
Creáis vuestras palabras primero. Vuestras palabras clave, palabras cariñosas,
palabras secretas. Y vuestros rincones. Vuestros lugares, vuestros momentos del
día, vuestros días del mes, vuestros instantes. Y coleccionáis cada momento, al
menos, eso terminas creyendo.
Y
fotografías cada instante con la idea de crear un álbum mental que poder mirar
en un futuro y recordar cada sonrisa. Sonrisa, la palabra mágica.
Y creáis
gestos. Y canciones. Y momentos de metro y medio con queso. Momentos flacos.
Primeros momentos. Millones de primeros momentos.
Momentos en los que sobran las palabras. Momentos de coches y restaurantes, de viajes y canciones que no entiendes pero te gustan. Porque aprendes a amar cada desquicio. Cada defecto perfecto.
Momentos en los que sobran las palabras. Momentos de coches y restaurantes, de viajes y canciones que no entiendes pero te gustan. Porque aprendes a amar cada desquicio. Cada defecto perfecto.
Pero ahí
está. Ahí está el ser humano. Y sus fallos. Mis fallos. Pasas del querer al
necesitar. Al acaparar. Al desear cada uno de sus segundos. Cada una de sus
palabras bonitas. Y hay tensión y palabras que jamás hubieras creído, ni por
supuesto querido escuchar.
Y recuerdas
todos los momentos en que se fué en un pasado. Y rezas y pides para ti mismo
que jamás vuelvan a repetirse. Ese dolor no. Otra vez no.
Necesito sus sonrisas cada segundo de mi vida.
Y ya es tarde.
Necesito sus sonrisas cada segundo de mi vida.
Y ya es tarde.
Pero tú
sabes lo que es amar. Y ya no importan sus fallos. Ni, por desgracia, los
tuyos. Y “aquí vamos otra vez” como decía nuestra canción. Una de tantas. Y
crees que el amor lo puede todo. Y sabes que en el fondo son tonterías. Y lo
intentas de nuevo. Y lo seguirías haciendo el resto de tu vida.
Pero vuelve
a pasar. Y sigue pasando .Y, pobres niños inocentes, no os dais cuenta de que
el fallo está dentro de cada uno. Porque no dejáis de ser niños aprendiendo a
quererse. Y con la suerte del amor de su lado. Algo que no se encuentra tan
fácilmente.
Y sientes
pánico.
Porque
arriesgaste en su día y lo sentiste. Y sonreíste. Y no dejaste de hacerlo. 12,
15,20 y 25. Quien no arriesga no gana. Y esto, ilusa, creías que no va a dejar
de hacerte ganar nunca.
Pero llega
el día. El día sorpresa. Ese que sabias que podía llegar pero nunca esperabas
que lo hiciera. Y se va. Desaparece.
No puedes evitar un puñado de porqués.
No puedes evitar un puñado de porqués.
Porque,
cuando parecía que era amor verdadero? Acaso veo demasiadas pelis de esas que no
le gustan. Porque después de toda la lucha mutua?
Del
comienzo? De los abrazos primeros llenos de ganas, las miradas de cariño e
impotencia, los papelitos amarillos llenos de sonrisas. Después de la
importancia absurda de dos coches aparcados juntos. De las miradas tras el
cristal. La sensación de un imposible que sabías que llegaría. Algún día. Y te
escapabas a tener citas toreras. Y los buenos días, y las buenas noches.
Perfectas. Y nervios. Y su olor. Y el tuyo. Y vuestros lobos secretos. Y cada
segundo perfecto.
Y si hay
amor, ¿porque no hay oportunidades?
Pero como siempre he dicho, hay cosas que son cosas de dos. Y si se deja de querer, es que nunca se ha querido.
Pero como siempre he dicho, hay cosas que son cosas de dos. Y si se deja de querer, es que nunca se ha querido.
Asique
descubres tu fuerza, y todo lo que vales.
Y mientras toda esa gente cree que volverá, tú, haces planes. Y te alejas. Porque nadie lo conoce mejor que tú. Nadie siente como tú. A nadie hieren sus palabras como a tí. Ni su indiferencia. Nadie sabe lo que esconden.
Y mientras toda esa gente cree que volverá, tú, haces planes. Y te alejas. Porque nadie lo conoce mejor que tú. Nadie siente como tú. A nadie hieren sus palabras como a tí. Ni su indiferencia. Nadie sabe lo que esconden.
Porque al
fin y al cabo, todos los abrazos, las noches con queso, ese “lugar” mágico y
perfecto entre su hombro y su pecho, las buenas intenciones, las celebraciones,
los recuerdos. Los “primeros” momentos. Las luces apagadas, las caricias
secretas y todos los besos perfectos… ya no quieren formar parte de ti. Duele.
No quieren. Y no volverán. No volveréis a sentirlo. Nunca. Y nunca… es
demasiado tiempo, ¿Te acuerdas?
Lo piensas y viene a ti el olor de los besos y del sol entrando por la ventana del coche, y el olor a palomitas y a batido de yogurt. A chocolate y a baños eternos. A mar y a besos salados. Y cervezas frías tras una peli mala. A abrazos por la espalda.
Y no quieren
volver a ti. Y tú no quieres obligarlos a que vuelvan.
Y aceptas de
un modo u otro que todos ellos terminarán siendo de otra persona...Para los dos.
Sientes que
no hay vuelta atrás y ahí, señores, es cuando el fallo humano, aprende la
lección.
Y aprendes la solución.
Pero es demasiado tarde.
Y aprendes la solución.
Pero es demasiado tarde.
Y llega el
momento de desaparecer de nuevo...como un año atrás.
Tristemente
la vida te termina haciendo comprender, que no dos personas han de sentir lo
mismo. Y que a veces, las palabras, llevan más floritura que intenciones. Más
letras que sentimiento. Que la edad, no es solo un número. Y que el querer, no
es tan sencillo. Ni tan real como parece.
Y te vas.
Pero no le odias. No puedes odiarle. Te llevas contigo cada segundo, momento,
beso, detalle, cariño. Te lo llevas, porque sabes lo que vale. Lo que valió. Y
lo que pudo haber sido. Porque a diferencia del resto, tú… si sabes amar. Y él sabía hacerlo contigo.