Esperar de los demás. Que disposición y acto tan humano. Humano e inocente. Y porque no, ridículo.
Solo hay que pararse a pensar, ¿Por qué esperamos cosas de los demás? No deja de ser una acción egoísta. Y de egoísmo se mueve el resto. Nadie hace nada. Las personas se limitan a avanzar sin levantar la vista de su ombligo. Lo que uno necesita.
Esperamos reacciones, respuestas, detalles, demostraciones de afecto, de gratitud, de cariño, de amor, de amistad, de fidelidad… esperamos y esperamos y a veces la espera se hace tan larga que terminas descubriéndote solo. Solo. Sentado esperando algo que sabes hace tiempo que jamás llegará. Pero algo por dentro te impide dejar de creer que en algún momento, tarde o temprano, esas personas lo harán. Llegarán y te devolverán el favor. El detalle. El amor. Triste esperanza que algunos llamarían inmadura o infantil. Pero que todos en mayor o menor medida han creído sentir en algún momento, aunque cueste aceptarlo. Por lo de las apariencias y eso. Si, muy humano. También.
Craso error. Y ¿Por qué? Porque justo los que esperamos somos los que damos y a veces no demostramos. Creemos hacer lo correcto, vivir pendientes de cada instante, estar por y para todo pero… ¿no es eso parte del mismo egoísmo? Círculo cerrado y vuelta a empezar. Lo nuestro está bien. Nuestros actos son los correctos. Nuestro propio ombligo. ¿y quién da más? ¿Quién espera más?
Imperfecciones que forman parte del lado humano de la vida. Que duelen a veces, y otras, simplemente, se ignoran. Saberse correcto y buscar la paja en ojo ajeno.
Lo cierto es que todos en algún momento de nuestra vida nos movimos por y para alguien. Escala de prioridades. Algo o alguien antes que tú.
Ese tipo de momentos melosos en los que existe un halo de aquello que llaman amor barra amistad barra cariño a tu alrededor, y crees en ello firmemente. Tanto que hasta piensas y actúas por ello.
Y lo seguidamente cierto es que a nadie le debió dar resultado porque he aquí la humanidad.
Si. Siempre volvemos a caer. Y a nuestra escala de valores vuelven las turbulencias, hasta tal punto que ni nosotros mismos sabemos dónde situarnos. O eso creemos… porque no hay nada más duro para una mente Disney como la mía decir una verdad como ésta. Una verdad que si no es ahora será otro día todo ser humano termina aceptando y venerando como la primera de sus verdades.
Y es que, amigos míos… Nosotros somos lo primero. Lo primero para nosotros mismos y nuestras acciones. Los que nos volvemos a nosotros mismos egoístas, con nuestro orgullo por bandera y cuidándonos como nadie más lo hará. Porque por suerte o por desgracia terminamos funcionando así.
Aunque con la fortuna de que en momentos de locura transitoria, siempre terminamos retomando el lado humilde. Ese que nos hace creer en la generosidad y la bondad… y nos hace volver a fallar. Una y otra vez. Tener esperanza, y fallar. Aunque sea el mejor de todos los fallos.