Y me pare a pensar en la palabra tiempo. Tiempo…
Y en todo lo que lleva consigo. O conmigo.
Ya me tengo dicho, que no debería pararme a pensar. Que mejor asentir y mirar. Y ver pasar… Y se supone que crecer. Que vivir….
Ya me tengo dicho, que no debería pararme a pensar. Que mejor asentir y mirar. Y ver pasar… Y se supone que crecer. Que vivir….
Pero que es lo que vives sin tiempo. Qué tiempo pasa sin pensar. No. Miento. Qué coño vives sin pensar en el tiempo…
Eso dicen. Tiempo: “Duración de las cosas sujetas a
cambio o de los seres que tienen una existencia”.
Supongo que eso es lo que somos. Que somos tan solo tiempo. Y cambio. Y llega un día de esos en los que dices… ¿Y el mío? ¿Dónde está? Que estoy haciendo con el… que está haciendo el conmigo.
¿Qué se supone que tiene que durar? ¿Yo? ¿Esto? Donde
pelotas voy a acabar… mejor! De donde pelotas vengo.
Que ha sido de todo el tiempo acabado. ¿Acaso esta
perdido? Acaso me ha enseñado algo… ¿o
voy a tener que volver a mirar al pasado? Como si no valiese nada todo el
tiempo que he usado.
Pero supongo que no. Que al fin y al cabo, ahí está. Escondido esperando que vuelvas la vista atrás. Como un cabrón. Recordándote eso que llaman lecciones. Algunos valientes se atreven incluso a llamarlo errores.
Eso fue mi tiempo. Eso he dicho. Fue. Y ahora tengo otro
poquito entre mis manos. El problema es que nunca se sabe cuánto. O si.
Parece que el mío se reduce a cincos. Y que el que ya he
usado se está cansando de perseguirme. Que no, que no quiere intentarlo. Que ha
topado con mi humor mañanero, y dice que ya no sabe cómo hacer que me vuelva
para verlo. Ponerle ojitos. Y recordarlo.
Es lo que tiene que te pongan más tiempo en las
manos. Y del nuevo. Del que huele bien. Aunque no siempre igual. Supongo es
como todo… tu cabeza se cansa de girar. Y girar… y girar.
Siempre me he empeñado en arreglar lo dañado. Lo roto. Lo acabado.
Pero ¿y qué hago? ¿Qué hago con el tiempo sucio y gastado? No vale la pena seguir guardándolo. Al fin y al cabo el tiempo es cambio, no?
Aunque el cabrón siga ahí, rezagado. Y con su media sonrisa. Fingiendo que te odia y esperando un momento de debilidad. Para que te gires a recordarlo.
Siempre me he empeñado en arreglar lo dañado. Lo roto. Lo acabado.
Pero ¿y qué hago? ¿Qué hago con el tiempo sucio y gastado? No vale la pena seguir guardándolo. Al fin y al cabo el tiempo es cambio, no?
Aunque el cabrón siga ahí, rezagado. Y con su media sonrisa. Fingiendo que te odia y esperando un momento de debilidad. Para que te gires a recordarlo.
Esa es la gracia del tiempo. Que entra siempre uno nuevo
en juego. A pedacitos. A veces más grandes… otros más efímeros. Pero nuevos. En
blanco. Abriéndose sitio.
Algunos con lecciones ya aprendidas, para que las uses.
Para que las vivas.
Otros con “hostias como panes” como diría mi Anita. De
esas que harán que ruegues por un poquito de tiempo nuevo, y que el viejo quede
muy atrás. Más atrás que los recuerdos.
No sé que me traerá mi cinco. Pero ha venido de golpe. Y
no es de los efímeros.
Supongo que tendré que acogerlo. Al fin y al cabo yo lo llame en su día. Y aquí está. A 9mil kilómetros de mi antigua vida. Recordándome que tengo que usarlo. Usarlo y tirarlo. Como buena tipa dura. Durísima.
Supongo que tendré que acogerlo. Al fin y al cabo yo lo llame en su día. Y aquí está. A 9mil kilómetros de mi antigua vida. Recordándome que tengo que usarlo. Usarlo y tirarlo. Como buena tipa dura. Durísima.
Aprovecharlo… y ya si eso, cuando pase, si es que pasa,
poder ponerlo del lado bonito. Del usado pero limpio. De esos que no se quedan
detrás, sino del lado de los recuerdos.
Porque luego vendrá uno nuevo. Y me huele a grande. A
esos de ochos borrachos. A esos que hacen que los cinco pasen lentos, pero que
también consiguen que te sorprendas y te
este gustando esto… mientras lo vas leyendo.
¿Ves? Al final siempre sirve de algo el maldito tiempo.
¿Ves? Al final siempre sirve de algo el maldito tiempo.