Huele a frío.
A niebla que suma distancia a un tic tac que ya no resta. Densa.
Como la calma que invade a la vez que vacía los restos que quedan. Y no se resisten. Porque le duelen las manos de tanto buscar donde encaramarse y sumar.
Hipotéticamente más.
Eso decía mi boca. Suplicando la tuya.
La paz de haberse creído fuerte. Como si esperarlo creyendo no hacerlo fuera el antídoto. Porque no sabía que lo hacía. No sabía que su estómago ya esperaba vacío a sentirse de nuevo igual.
Como cada día de lo que parecía ya lejano e inútil.
Inútil como haber visto tan lejos lo que rozaba su nuca y tan cerca lo prometido con susurros sin eco. Secos. Y que erizaban mi piel. Tu piel. Impaciente por mis manos.
Caprichosa por un presente con irremediable forma de mañana. Un mañana demasiado amargo para sus labios. Y sus ganas. Que no dejaban hueco a la espera. Que abrazaban el miedo y se retorcían entre las promesas.
Que se disfrazan de dudas cuando la poca luz que queda juega a esconderse. Y mata la magia.
La misma que mis soles pelearon como niños rogando cinco minutos más de noche. Para no dormir. Como mis palabras, insomnes. Y siempre al acecho para llevarte luz. Y traernos fuego. Ínfimo y lento. Pero caliente. Y brillante. O eso creían mis ojos.
O eso creían mis artes. Malas. Pero tuyas, como siempre.
Como antes de que el hielo las atrapara y apagara de un soplido la luz que quedaba. Dejando desierto mi cuerpo. Ya desnudo para ti y sin sentido. Sin aliento.
Con un poco aún de fuerzas en los dedos. Que te buscan para atar tus miedos. y se pierden anudando el tiempo. Como si sirviera de algo. Como si el poder no lo hubiera yo ya dejado en manos de tus nudos. Corredizos. De esos que se mueven a su antojo. como hacen conmigo. Como hacen con tu propia fuerza. Impotencia. Si es que queda.
Porque los valientes hacen nudos marineros. De los que hacen fuerza para poder aguantar. Los viajes largos, digo. Y alguna que otra tempestad.
Pero nosotros, locos, no sabemos del mar. Sólo del viento. Frío. Para volver a empezar.